martes, 9 de septiembre de 2008

¡¡a mi los templarios!!

- "¡¡¡¿Quién me mandaba a mi sacar a éstos dos de casa?!!!" - era lo único que le pasaba a Magda por la cabeza mientras conducía el coche bajo una lluvia intensa.


Decir lluvia intensa era una manera suave de describir aquello, a decir verdad lo único que se veía por el parabrisas del coche era una cortina de agua, los limpiaparabrisas no daban abasto. Todo ello amenizado por una exhibición de poder natural a base de rayos y truenos.


¿Quien le mandaba a ella sacar a sus dos sobrinitos a pasar una tarde como templarios?. ¿Quién iba sospechar que sus dos sobrinos, Juan y Damian, se iban a fascinar tanto por aquel libro sobre la historia de los templarios que ella misma les había regalado por Navidades?. Pensó que sería un buen regalo para dos niños de 11 y 9 años, algo educativo y ameno para leer, algo que no fuera el último videojuego violento de siempre. Además, a su hermano le había parecido un muy buen regalo.


Y quien le iba a decir que meses después se encontraría conduciendo de vuelta a casa de sus padres, donde se alojaba toda la familia en vacaciones, con una tormenta de verano sobre ellos y acompañada por dos mini-caballeros templarios que no paraban de dar guerra en el asiento trasero del coche.


Volvían de visitar las ruinas de un castillo templario que se encontraba relativamente cerca. Ése fue el más entretenido plan que tuvo Magda para aquel tedioso fin de semana de septiembre. Al menos los dos niños se lo pasaron en grande aquella tarde.


Estaba oscureciendo y los limpiaparabrisas del coche no podían evacuar tanta agua. Pararon un momento en el arcén, para esperar a ver si la cosa se calmaba. Las luces del coche no eran ninguna maravilla y cada vez se veía peor. Un trueno le hizo percatarse de un pequeño cartel, sin apenas pensarlo avanzó un poco para poder leerlo:


Hotel 'La Orden del Temple'
<------------------------- 3 km


- "Que raro" - pensó. Había pasado por aquella carreterucha miles de veces y nunca había reparado en la existencia de aquel cartel. No podía imaginar quien en su sano juicio se podría alojar en aquel páramo, perdido entre las montañas del Pirineo, sin encanto alguno en kilómetros a la redonda.


En un apunte de lucidez se le ocurrió la respuesta: - "¡¡Nosotros!!".


- "¿Nosotros? ¿Quién? ¡¿Te refieres a nosotros, todos?! ¿Que vamos a hacer, tía Magda?" - inquirió Damián con sorna.


- "¡Niños! ¡Atención! ¿Queréis pasar una noche como los templarios?" - dijo en alto.


- "¡¡¡Siiiiiii!!!" - respondieron a coro los dos mini-templarios. Que fácil era convencerlos, tan ilusionados ante cualquier plan que urdiera tita Magda. - "Cuanta ilusión que los años se encargarían de tirar por los suelos"- pensó para sí.


- "Cuando bajemos del coche llamaré a vuestra madre para que no se preocupe." - los niños asintieron como bobos, al unísono.


Enfilaron lentamente el camino de tierra que conducía entre árboles al hotel. La carretera era bastante lúgubre, era de noche casi o al menos dentro de aquel bosque lo parecía.


Sobrepasaron el pórtico de entrada al hotel, abierto aunque no se veía ninguna luz. Avanzaron hasta llegar a una casa, donde había un cartel: "Recepción". Todo parecía indicar que aquello era la recepción. De la puertecita de la casa asomó una chica con una vela, parece ser que la tormenta había cortado el suministro de electricidad. Rubia y blanquecina estaba un poco asombrada de encontrar a una chica y dos críos bajo la lluvia.


Como era de esperar el hotel parecía estar vacío, se alojaron en una habitación con una cama de matrimonio y una cama pequeña, ubicada en la casona situada detrás de la recepción. La decoración del hotel era rústica, quizá demasiado, con algunas telarañas y carcoma. Se podría decir que el ambiente era extraño, todo el hotel desprendía un halo de decadencia. Lo único que hacía recordar vagamente la época de los templarios era el nombre y la decoración rústica con pretensiones medievales.


Magda llamó a su cuñada, una vez hubo encontrado el único rincón con cobertura del hotel, y le explico lo sucedido. Todo correcto. Cenarían en el hotel y pasarían la noche allí, a salvo de la tormenta, mañana volverían a casa. Una aventura para los niños y una noche de aburrimiento más para ella.



La cena a la luz de las velas fue extraña. El restaurante era casi de lujo. El camarero, vestido elegantemente con frac, hacía gala de un conocimiento protocolario ejemplar. Excesivo para una chica no demasiado acostumbrada estas galanterías y para unos niños que creían ser por una noche Jacques de Molay y Armand de Périgord. En el restaurante había una pareja de ancianos, elegantemente vestidos, parecían sacados de otra época. No dijeron nada cuando pasaron cerca de ellos. De hecho, no dijeron nada en toda la velada.



Teniendo en cuenta la decadencia y la pompa de aquel lugar, Magda dedujo que el bajo precio que habían pagado por la cena y el alojamiento se debía a algún tipo de sentimiento caritativo o altruista por parte de la recepcionista. Quizá la conocía, igual era de su mismo pueblo, quizá habían jugado juntas de pequeñas, aunque su cara no le era para nada familiar.


Acabaron de cenar y cuando se dirigían a la habitación, ya había dejado de llover. La noche estaba despejada y muy estrellada.




- "¡GENIAL! ¡Lo que faltaba!" - dijo Magda. Si hubiesen tenido un poco de paciencia, ahora estarían de vuelta a casa, donde por lo menos había corriente eléctrica. Los niños ni la oyeron, en ese momento estaban ya subidos en los columpios del parque infantil que había de camino a la habitación. Le daban envidia, a cualquier cosa le sacaban un juego. Los niños estaban en su salsa, definitivamente.


Magda hizo ademán de dirigirse a la recepción para intentar cancelar la reserva. Demasiado tarde, todo el mundo parecía haberse evaporado. No había ni ruidos ni velas encendidas. Por un momento pensó en recorrer el hotel en busca de algún empleado, pero desistió rápidamente al ver cómo el lugar, con la luz de la luna llena, había adquirido tintes de escenario de película de terror de serie B, como sacado de una novela de Stephen King. Cutre quizá, pero muy efectivo.


El chirriar de los columpios y las risas apagadas de los niños en la lejanía se oyeron de golpe, un escalofrío le recorrió todo el espinazo. Eran las once menos cuarto de una noche de verano y ella estaba allí perdida en medio del bosque, en un tenebroso hotel sin luz, aguantando a dos chiquillos, ya cansinos, que no paraban de corretear y perseguirse por la toda la explanada, al grito de "¡¡¡A mi los templarioooos!!!".


-"¡Niñoooos!. ¡Nada de jugar al escondite!" - les espetó desde lejos. La luna parecía esconderse por momentos en un eclipse. Lo era, un eclipse del cual no tenía noticia alguna.


Poco después de observar el eclipse se fueron a dormir, de golpe se había levantado un poco de viento y empezaba a refrescar. Extrañamente, los niños estaban muy callados, como si tuvieran miedo. Habían parado de jugar y estaban expectantes, como si presintieran que algo iba a pasar al subir la escalera.


Durmieron apaciblemente, de un tirón, acunados por el silbido del viento pasando entre los árboles y por el lento crujir de la madera carcomida. Se levantaron cuando el sol se hizo insoportable. No recordaban haber dejado la persiana tan abierta, de todas maneras ya podían volver a casa después de desayunar tranquilamente.


Bajando las escaleras les dio la impresión de que estaban muy sucias, más que por la noche, aunque la luz de la linterna, que funcionaba con una manivela, les podía haber inducido a una mala impresión.


¡La casona principal del hotel estaba hecha un asco! Después de no pocos esfuerzos consiguieron abrir la puerta que daba a la explanada. La primera imagen fue dantesca. La explanada estaba totalmente cubierta de vegetación y un sendero seguía el camino que conducía a la recepción.


Una visión rápida de la zona, les delató que los columpios estaban rotos y oxidados. Imposible, ayer mismo los niños estuvieron jugando ahí. Juan y Damián empezaron a ponerse muy
nerviosos, Magda aguantaba la respiración intentando mantener la calma a duras penas.


Corrieron hacía la recepción, ahí estaba el coche aparcado, rodeado de malas hierbas que ayer no estaban. Algo había pasado durante la noche.


La recepción tenía el techo parcialmente hundido y las ventanas y las puertas tapiadas con maderas mal puestas. El restaurante no presentaba mejor aspecto, estaba en estado de abandono y tapiado. Ni rastro de vida. Ni ruido, sólo la brisa de la mañana agitando la vegetación.


Corrieron hacia el coche y salieron a toda velocidad por el camino de tierra que conducía a la carretera. Tomaron el desvío sin ni siquiera mirar. La vuelta transcurrió tensa entre algún sollozo y el chirriar de los neumáticos al coger las curvas.


Llegaron a casa y explicaron lo sucedido. Al parecer el hotel dejó de funcionar veinte años atrás, a raíz de unos trágicos hechos, jamás aclarados, en una noche de eclipse lunar.

------ -- ------